Las 49 + 1

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Ultima serie de 50 obras sobre los Chakras
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domingo, 13 de julio de 2008

MAMITA QUERIDA



La relación con mi madre fue siempre distinta a la que tuve con mi viejo. Ella me tuvo bajo su ala más tiempo del que hubiera sido necesario, creando en mí una sensación de inseguridad respecto al mundo que me rodeaba. Mejor dicho, el mundo que me rodeaba era un mundo de algodones, aunque la muerte y la enfermedad siempre estaban presentes a través de conversaciones que escuchaba entre ella y su madre, mi abuela Rosa. Ahora, a la distancia pienso en esta paradoja: mi papá no reía plenamente, pero su visión de la vida estaba siempre teñida de humor e ironía. Mi mamá y mi abuela, poseían una sonrisa plena, hasta llegar a la carcajada, pero el trasfondo era siempre el de los aspectos oscuros de la vida. Tanto mi abuela como sus hermanas y primas eran viudas, tal vez la mórbida atracción por el fin de la vida tenía que ver con eso... No lo se, solo se que cada vez que me llevaban de visita a la casa de una de sus hermanas y todas se reunían - cosiendo y tomando mate - yo me llevaba un libro como talismán, para protegerme de los relatos de maridos recordados con angustia, de parejas deshechas por la aparición de la parca. Mujeres solas, mujeres de negro. Por la noche, mi cuarto se poblaba de fantasmas que danzaban en la osuridad el baile de los hombres que se fueron muy pronto. Y yo me aterraba y buscaba mi talismán en la oscuridad para dormir aferrado a él.
Durante el tiempo que mi papá trabajó para una funeraria, la muerte estuvo más presente que nunca. Varias noches un coche fúnebre estacionó en la puerta de casa, y en él, ibamos papá, mamá, mi abuela Rosa y yo a tomar helado a Saverio, en Av San Juan y Catamarca. Luego, durante la primaria, mi mejor amigo, Juan Gelpi, me llevaba a tomar la leche y a hacer los deberes a la funeraria de su padre. No me sorprende haber sido, por esa época, un adicto a las películas e historias de vampiros. Al menos en esas historias, los muertos volvían a la vida y eso, realmente me tranquilizaba.

martes, 8 de abril de 2008

MI VIEJO Y YO II


El arte, poderosa herramienta sanadora, hasta del dolor más indescriptible. Procesé la muerte del viejo a través de la pintura, como en esta, "El último viaje". Antes, había escrito sobre sus últimos momentos, texto a ser incluído en "Un viaje circular":

Clínica de la Ciudad, Martes 13 de Junio de 2000

De la muerte de papá existen dos versiones, la que presenciaron los médicos y la que soñé yo.
La primera, la de los médicos, es la más desagradable. Nadie quiere morir lejos de su casa, de sus objetos, aún cayendo en la más profunda inconsciencia, rodeado de extraños en la cama de una clínica. Nadie quiere morir siendo uno más de los tantos que mueren día a día en clínicas y hospitales, anónimos cuerpos cuya historia se ignora, son solo un nombre que pasó por esa cama, que resultó ser su lecho de muerte.
Faltando pocos minutos para las 6 de la tarde de ese 13 de Junio, papá se descompensó, las diversas máquinas a las que estaba conectado empezaron a enviar señales alocadas y las enfermeras corrieron porque presentían que algo estaba yendo muy pero muy mal.
En cuanto se presentó el médico de turno, papá estaba semiinconsciente. Su pulso era muy lento, también su respiración, uno a uno los aparatos dejaron de trazar ondas alocadas hasta que éstas se convirtieron en una línea casi recta.
Todos hablaban a la vez, el médico impartiendo órdenes, las enfermeras controlando y maniobrando cada uno de los aparatos. Así fue por un par de interminables minutos al cabo de los cuales el médico admitió que no quedaba mucho por hacer, evidentemente se trataba de un paro cardíaco respiratorio.
Papá no sufrió, ni siquiera se dio cuenta de lo que sucedía, se fue en un momento en el que la respiración se arremolinó en su garganta como cuando el viento encuentra un pasadizo difícil de atravesar. Uno a uno se fueron apagando los signos vitales, el médico monitoreaba atentamente cada aparato para registrar la hora exacta en la que iba a producirse el deceso, la frialdad de lo legal y la frialdad de la muerte. La frialdad de morir en soledad.
El cuarto estaba frío, una luz azulada penetraba desde el exterior, donde había comenzado a hacerse noche, para papá, la noche más larga y azul de toda su existencia. La noche eterna.
Las enfermeras dejaron el cuarto, el médico cerró los ojos de papá con su mano y cubrió su cuerpo con una sábana. Desconectó todos los aparatos y tomó nota del nombre del paciente: Luis Domingo Formaiano.
Con suma eficiencia, telefoneó a la morgue del sanatorio para que vinieran a retirar el cuerpo.
Estaba por comenzar el horario de visita y afuera estaba esperando mi mamá, yo todavía no había llegado y me enteré por teléfono.
Cuando mamá me llamó para decírmelo se detuvo el tiempo y se congeló el espacio, se abrió un paréntesis en el discurrir de mi vida. Un paréntesis que todavía no se cerró. Fui conciente de haber sufrido la primer gran pérdida de toda mi vida, uno de los golpes más duros que el destino puede asestarnos. Aquello que no tiene respuesta, un encuentro con el vacío más absoluto y más temido, un encuentro con la muerte. La pérdida de quien nos dio la vida, de nuestro origen.

La otra versión de la muerte de papá ocurrió de la siguiente manera:

Durante sus últimos días papá sintió que algo se estaba desprendiendo lentamente de su cuerpo, no era totalmente conciente de los aparatos a los que se encontraba conectado, todo a su alrededor era una nebulosa de la que tanto en tanto asomaba una cara que hacía llorar a su corazón. Podía ser mi cara o la de mamá, él era solo conciente de nuestras voces, susurrando, mis caricias y mis besos, esos que nunca había experimentado pero que le hacían tanto bien, el resto era todo nebulosa.
Esa tarde, la nebulosa se hizo más densa que de costumbre y la habitación empezó a iluminarse de un color amarillo intenso, tan intenso que papá entrecerró sus ojos ante esa luz que le lastimaba. Pronto advirtió que, en realidad, estaba moviéndose hacia delante y hacia arriba. Por momentos le daba la sensación de estar meciéndose en una barca, el movimiento le traía paz, sólo quería dejarse llevar. Por primera vez en tanto tiempo sintió que una profunda paz se apoderaba de él.. Había comenzado el largo viaje final que todo ser humano emprende alguna vez y que es definitivo, sin retorno.
Sabía que no tenía sentido luchar contra la corriente, sólo había que dejarse llevar, del otro lado había gente esperándolo. Por un momento, un momento que pudo haber durado toda una eternidad, se vió a sí mismo de chico jugando en el patio de su casa, yendo a buscar a su novia, con un bebé en brazos, llorando abrazado a un adolescente, haciendo un asado, acariciando una perra, tomando un vaso de vino con un hijo adulto y la otra orilla, con esas caras conocidas y a la vez extrañas, a las que hacía tanto tiempo que no veía. Otra imagen, mamá entrando a la clínica, yo, sentado en el escritorio de una oficina. Sintió algo por nosotros dos que no podía clasificar – no era dolor, era mas bien como un sentimiento de aceptación, de que no había nada que pudiera hacer, este era el curso del destino. El cuarto era ahora de un amarillo dorado, iba hacia el sol, sentía calor, alivio, y en ese movimiento hacia delante y hacia arriba, sentía como se desprendía todo lo que lo había tenido atado a lo terrenal. Era como volver a nacer, como despertar, como volar.
Volaba hacia el cielo, hacia el sol, hacia la gloria absoluta e infinita de la que nunca volvería, como un ave maravillosa que es puro amor. Se desplegó hacia el Cosmos como una estrella que estalla en mil pedazos. Simplemente se dejó llevar, ya nada podía lastimarlo, el cancer no existía, solo existía este elixir de paz que estaba recorriendo sus venas, puro nirvana. En un instante estuvo muy lejos, se sentía en paz pero no podía decirlo ya que no tenía boca física para expresar palabras. De ahora en más no podría nombrar, solo sentir.
Los músculos de su cara comenzaron a distenderse, sus pensamientos entraron en un estado de sopor, su voz, queda, sólo pudo balbucear “madre, madre, acá estoy” y lo tragó la enceguecedora luz del sol. Un momento sublime, único, coronación de toda una vida: ser devorado por el calor, quemado por la luz, disuelto en energía, integrado al Universo.
Nunca más tuvo conciencia de haber sido quien fue, ahora estaba en otro plano, donde no existe el dolor, porque no hay cuerpo para sentirlo, donde el ser humano, la persona, se desintegra en moléculas de energía y es abrazado por el SER.

Todo vuelve al punto de partida.

Con la muerte de papá, quede absolutamente solo, pero con una sensación de soledad cósmica, vasta e intangible. Una soledad que no puede ser descripta porque está más allá de las palabras, es abismal.


MI VIEJO Y YO


La relación con mi papá siempre fue difícil. Hombre de pocas palabras y de un arrasante sentido del humor, lo perdí cuando estaba empezando a conocerlo. Esperé toda una vida para conocerlo, creyendo en la ilusión de que los padres viven para siempre, los que mueren son siempre los padres de los otros. En la foto, mi viejo y yo en Parque Patricios, en 1958; yo tenía dos años. El primer capítulo de "Un viaje circular" está dedicado a él, aquí, un fragmento sobre sus últimos días:

Sanatorio Güemes, Marzo del 2000

- Che pa!, - le dije y mi papá giró su cabeza hacia mí y me miró como si nunca antes me hubiese visto. En su cara había sorpresa, a la que siguió una sonrisa de oreja a oreja. Su expresión me desconcertó, era como un reconocimiento súbito, el ver a alguien a quien hacía mucho no se había visto. Tal vez sintió que su retracción de la realidad le hizo perder lazos en algún punto y ahora me recuperaba. Tal vez me estaba viendo como nunca antes me había visto o simplemente sería que nunca antes me había dirigido a él en esos términos?

Nunca antes muchas cosas: nunca antes le había tomado y acariciado la mano, nunca antes le había cubierto la frente de besos, nunca antes había peinado su blanco pelo. Nunca antes habíamos estado tan cerca. Nunca antes se había abierto esta corriente de franca emoción entre nosotros. Y no era porque no hubiese amor, todo lo contrario. A pesar de nuestras diferencias a lo largo de toda nuestras vidas habíamos sobrevivido como padre e hijo. Las revueltas adolescentes no habían dejado marcas. Los dos habíamos crecido, madurado en nuestros roles y ahora estábamos en el punto más maduro de nuestra relación, ahora que iba a perderlo.
Nunca hablamos mucho, papá era más bien silencioso. Si hablaba era para decir algo inolvidable. Poseía un sentido del humor corrosivo y avasallante. No perdonaba a nadie. Hasta la situación más terrible daba lugar a un comentario desopilante.
Ese humor fresco, espontáneo, sagaz, siempre se lo envidié. Yo adopté una visión más tenebrosa de la vida, en consonancia con la que siempre tuvo mi mamá.
Hasta en la cama del sanatorio había lugar para bromas, lo que tal vez le ayudaba a mitigar el dolor psíquico.
Físicamente papá sufría poco, los calmantes lo mantenían controlado. Pero psíquicamente su dolor no tenía parangón. Y yo lo entendía y sufría con él y por él.
Un hombre que siempre había sido activo, aún en su octava década de vida, a punto de ser derrotado por un cáncer.
Un hijo al que siempre había protegido del dolor, a punto de experimentar uno de los máximos dolores que puede enfrentar un ser humano y contra el que no valdría protección alguna.
No había funcionado ningún tratamiento y su cuadro parecía empeorar semana a semana. En poco tiempo se convirtió en un frágil bebé, que usaba pañales y al que debía dársele de comer en la boca.
Qué triste que es ver a un ídolo caído a la vera de su pedestal.
Recuerdo que durante ese período yo casi no podía dormir de noche, la imagen de papá muriendo no me abandonaba y pasaba las horas sumido en una profunda desazón. No podía creer que iba a haber un día, pronto, en el que ya no iba a estar más, al menos físicamente. Nunca más, eso era lo más angustiante. Su muerte próxima me estaba ayudando a poner mi propia vida en perspectiva, mis limitaciones, mi finitud, mi frágil humanidad. Nada de lo que parecía importante en realidad lo era, ante la muerte todo cesa, es el único imposible de nuestra existencia.