En un tiempo lejano, tan lejano que los ojos de la memoria se pierden en él, existió un reino, el reino del pez.
En el vivía una princesa, más hermosa que mil perlas desparramadas sobre arena húmeda en un día de sol. Ella irradiaba vida, era la única presencia luminosa en la corte. Pero también había alguien que vivía envuelto de fascinación por ella, el bufón.
El pasaba largas horas mirándola desde detrás de las pesadas cortinas del palacio, admirando cada movimiento, hasta cuando ella se sentaba inmóvil con una caja en la mano y perdía su humanidad para transformarse en una muñeca de luz.
¿Qué había en esa caja que la tornaba tan luminosa y melancólica a la vez?
El bufón comprendió la importancia de lo que había en esa caja el día que notó que una lágrima caía sobre la mano de la princesa, mientras acariciaba el cofre, y luego otra, y otra. Impertérrita, erguida, lágrima tras lágrima iban cayendo hasta que todo el piso estuvo cubierto de llanto. Y entonces, se puso el sol… para siempre.
Una noche, entre tanta noche eterna, mientras la princesa dormía, el bufón entró en su cuarto a hurtadillas. Al haber caído una impenetrable oscuridad sobre el reino, no se sabía cuando podía llegar a despertarse.
Con imperceptibles movimientos se fue acercando a la caja que guardaba el secreto de tanto llanto. Lo tomó entre sus temblorosas manos, conteniendo su respiración y lo abrió, sorprendiéndose de que no estuviese con llave.
Debió taparse la boca para no emitir un gemido, pues dentro encontró un corazón. Cerrando la caja con tanto cuidado como la había abierto, la dejó sobre la mesa del cuarto y salió raudamente. Necesitaba aire, tal visión le había robado la alegría. ¿A quien pertenecería ese corazón? Pudo sentir que aún latía, o tal vez lo imaginó. ¿Sería de su padre, el rey, quien un día salió de caza y jamás regresó? ¿O sería de su madre, la reina, que un día se cansó de respirar y murió ahogada?
Sea de quien fuese, la princesa sufría y no había nada que el bufón pudiera hacer por ella, hacía mucho tiempo que había dejado de reír. Es más, ni siquiera lo requería, pues ya nadie reía en el palacio.
Decidido a no dejar que el sueño o la noche eterna le robasen el placer de mirar a su princesa, encendió cien mil antorchas, rodeando el palacio, pero especialmente frente a la ventana del dormitorio de la princesa, justo a la entrada del bosque.
Ésta, creyendo que había salido el sol, despertó de su letargo y corrió hacia la caja, encontrando que no estaba cerrada en la posición que ella la había dejado la última vez que la abrió. Un grito perforó la noche, acalló a las aves nocturnas y erizó el cabello del bufón. Había sido descubierto, aunque la princesa no tendría manera de saber que había sido él quien había descubierto el contenido del cofre.
Momentos después, la vio salir por la entrada principal camino al bosque, llevaba el corazón pendiendo de su brazo derecho, pero solo atinó a dar unos pocos pasos antes de comenzar a convertirse en piedra. Engañada por las antorchas, la luz que irradiaba el fuego la petrificó y la convirtió en una estatua desprovista de vida.
Un gran pez se acercó a ella con la intención de beber el néctar de sus pechos, pero solo encontró la tela de un vestido raído por el paso del tiempo cubriendo un cuerpo que, en realidad, jamás había vivido.
Luis Formaiano – Marzo 2011
domingo, 27 de marzo de 2011
lunes, 3 de enero de 2011
LA ESCOPETITA DE PLASTICO
I
DELTA DE TIGRE – FEBRERO DE 1961
José y Ana habían decidido llevar a su hijo, Luis, de tan solo seis años, a pasar un día en Tigre. Luis era un niño callado, introvertido, poco afecto al juego. Sin embargo, llevaba consigo todo el tiempo una escopetita de plástico que dos años atrás le habían traído los Reyes Magos.
Recordaban que en ese entonces, Luis había pasado toda la noche en vela, esperando escuchar el mínimo sonido que anunciase la llegada de los misteriosos personajes. En su carta a los Reyes no figuraba la escopetita, pero sus ojos se abrieron como enormes perlas cuando la vio, junto a otros regalos, la mañana de Reyes. Es que se había dormido sin darse cuenta, le ganó el cansancio y cuando despertó, se encontró con una escopetita plástica roja y amarilla que captó su atención de inmediato.
Desde ese momento, jamás se había separado de ese juguete. Y es así, como la llevaba consigo para el paseo en lancha.
Asomado con su escopetita por la ventanilla abierta de la lancha disparaba ilusiones al aire, tan lejos como éstas pudieran llegar. Y disparaba, y disparaba, hasta que la lancha viró en un codo del río y para lograr no caer de su asiento, se aferró con una mano a éste y con la otra, al borde de la ventanilla de la lancha. Ésta se balanceó de lado a lado y al aferrarse aún más para no caer al piso, aflojó la mano en la que llevaba la escopetita para tomarse ahora de la base de la ventanilla. Y en ese momento de descuido, la escopetita cayó hacia el río.
Le siguió un escándalo de llanto y gritos. Un niño tan compuesto, de tan solo seis años, se había descompuesto en un mar de lágrimas y un manojo de nervios. Gritaba –“Mi escopetita, mi escopetita.”
Tanto sus padres como el resto de los integrantes del paseo, miraban el agua marrón del río, hasta la lancha había disminuído su velocidad para colaborar con el avistaje del perdido juguete. Pero el agua se mueve rápido, como la vida, y la escopetita desapareció en un instante.
Luis calló de golpe, el viaje continuaba, nadie había podido hacer nada, pero él fijó la vista en el agua y aún siendo encandilado por los rayos de sol que se reflejaban en ésta, buscaba avistar su escopetita. Se incorporó en el asiento, a pesar de que sus padres lo sentaban como correspondía a cada rato, pendientes de lo que esta frustración, esta pérdida, significaría para él. Pero Luis volvía a incorporarse, hasta que en otro codo del río, la lancha efectuó una maniobra algo violenta y Luis cayó al agua como su escopetita lo había hecho minutos antes.
Los gritos provenían ahora de sus aterrados padres y de los pasajeros, nadie había podido reaccionar ante lo sorpresivo de la caída. Luis se debía haber inclinado hacia fuera más de lo debido para caer. Pero su cuerpo era pequeño, como el de la escopetita y sin una mano que lo sujetase, fue convertido en juguete por el destino.
La lancha se detuvo, se arrojaron salvavidas al agua, varios hombres también se arrojaron siguiendo al padre de Luis, pero la búsqueda fue infructuosa. Era una zona del Delta donde se arman remolinos y se pierde pie de golpe, sintiendo que el cuerpo es absorbido por un vortex de arena blanda. Cuando la lancha de prefectura se acercó, se intensificó la búsqueda del niño, que duró hasta bien avanzada la noche. Y hasta el día siguiente, y hasta el otro, rastrillando el lecho del río en una búsqueda que, con el correr de los días, comenzó a sospecharse como inútil. El cuerpo del niño nunca fue encontrado.
II
Luis abrió los ojos y todo a su alrededor era color marrón. De tanto en tanto, un rayo de luz cortaba la densidad del agua. Su cuerpo se mecía en el seno de una inmensa cuna acuática. Sentía frío y recordaba vagamente una sensación: la del mundo dándose vuelta. También sentía hambre pero aunque trataba de caminar, sus pies parecían estar enredados con algo. Se agachó y tocó viscosidades y arena y con su movimiento, el color marrón que lo rodeaba se hizo más espeso hasta sumirlo en una oscuridad total.
III
DELTA DEL TIGRE – FEBRERO DE 1962
A un año de la desaparición de su hijo, Ana y José volvieron al lugar donde su cuerpo había sido reclamado por el río y tiraron una ofrenda floral en su recuerdo. Ambos se abrazaron llorando desconsoladamente, aún no podían creer como habían podido vivir un año sin su hijo. Quien no lo había soportado era la abuela materna de Luis. Doña Clara había muerto cuatro meses después del accidente, el dolor había sido insoportable para ella. Su único y adorado nieto había encontrado el peor destino en las insondables aguas del Delta.
IV
Luis no sabe cuanto tiempo estuvo con los ojos cerrados. Cuando los abrió, todo frente a él seguía siendo un paisaje inespecífico. Ya no sentía frío ni hambre. Y se podía mover libremente, de pronto su cuerpo iba hacia un lado, de pronto hacia el otro, pero no tenía sentido de dirección, solo de un movimiento libre azaroso, no había en realidad puntos de referencia y lo que era arriba podía ser abajo y lo que era derecha podía ser izquierda. Era como flotar en una nada inespecífica, teñida de un marrón por momentos intenso, por momentos claro, casi luminoso. No era conciente de estar recorriendo distancias ni de las profundidades o la cercanía de la superficie. Y ahí recordó lo que estaba buscando. Frente a sí, vio una magnífica y colorida escopetita plástica, al estirar su mano para alcanzarla, esta se desvanecía y lo empujaba en alguna dirección, desde donde volvía a divisarla y al estirar nuevamente su brazo para alcanzarla, volvía a desvanecerse. Y así, se estableció una comunicación lúdica con el elemento en el que se encontraba, donde éste mostraba y ocultaba su juguete favorito.
Sin saber si era noche o era día, sin sentir si era invierno o verano, Luis jugó con el río a las escondidas en un sin tiempo.
Ahora veía la escopetita, ahora la escopetita desaparecía, para reaparecer en otro punto. Pero siempre más allá de su alcance, arrastrándolo sin rumbo, atrapado en ese vientre fluvial por toda la eternidad.
V
DELTA DEL TIGRE – FEBRERO DE 1972
Como cada año, Ana y José volvían al punto donde Luis había desaparecido once años atrás para entregarle una ofrenda floral, y cada año, se abrazaban llorando por su pérdida. Siempre solos, ya que Ana nunca había vuelto a quedar embarazada. Su cuerpo se resistía a borrar la memoria de su hijo, su vientre había sido el río primario de Luis y no podía ser ocupado por nadie más.
Ese año, para Reyes, José había encontrado en una juguetería de un barrio detenido en el tiempo, una escopetita igual a la que le habían comprado a su hijo. Casi llevado por una fuerza irrefrenable, la había comprado y a pesar de las quejas y recriminaciones de Ana, la había colocado sobre la mesa ovalada del cuarto de Doña Clara, como símbolo del amor que ella sentía por su único nieto. Y cada aniversario, encendían una vela para que su luz los guiase donde fuese que estuvieran. A veces José se preguntaba si se habrían encontrado allá arriba, en un posible paraíso. ¿Se mantienen los lazos más allá de la vida? ¿Se reconocerían? ¿Cómo sería Luis si estuviera con vida ahora? Probablemente un hermoso adolescente. Todos estos pensamientos ocupaban su mente cada vez que entregaban la ofrenda al río.
VI
Esa noche, una violenta tempestad revolvió el río como nunca. Las aguas subieron y desbordaron los pequeños muelles, llamaradas acuosas se desplegaban sobre el pasto hasta alcanzar las mismas casas. Aquellas que no estaban lo suficientemente altas, eran invadidas sin piedad por las aguas, que arrastraban con ellas todo lo que vivía en el lecho del río.
Y así, lo arrastraron a Luis.
No sabe como había salido del vientre que tantos años lo había cobijado, sintió la incomodidad del roce con la hierba, la dureza de los pilares de madera de los muelles, pero en un momento todo cesó. Una luz como no recordaba haber visto nunca iluminó un espacio desconocido para él. Frente a sí, una casa abandonada, casi imposible de ver desde el río. Una corriente de agua lo conducía hacia ella, el juego había terminado, se acercaba el momento de la verdad.
VII
Ahora había sonidos, el sonido del agua, de los grillos, de las ranas… sonidos que Luis recordaba no sabía si de algún sueño. Pero los identificaba. Se incorporó, asombrándose de la distancia que había entre su cabeza y el suelo, nunca había sido así, pero ahora, experimentaba una sensación de altura. Encontraba, no sabía desde cuando, un mínimo punto de referencia. Si bien se sentía liviano, apenas podía moverse. En la penumbra del interior de la casa, había una mesa oval, junto a ella, una mujer, una anciana. Miró ese rostro, iluminado por la luz de una vela y le pareció reconocer en ella a… no sabía, era alguien, sintió algo en algún lugar de su cuerpo, algo inespecífico, adormecido. Sobre la mesa y al lado de la vela vio su juguete favorito: la escopetita de plástico. La mujer dijo algo, Luis no entendía que, eran sonidos que se fundían con el ambiente. La mano de ella se movió lentamente hacia la mesa y tomó la escopetita. Estirando su brazo hacia Luis, se la ofreció. Ahora todo era silencio. Estaba a punto de recuperar su juguete perdido, amarilla y roja, impecable. Volvió a sentir eso inespecífico dentro de sí y estiró su brazo para tomarla. Por fin.
En el mismo instante en que sus dedos rozaron el material plástico, una luz incandescente lo encegueció y percibió que se fusionaba con el juguete y con la anciana y la liviandad se hizo más patente. Ya no se mecía como lo había hecho en el tiempo sin tiempo, ahora tenía la sensación de que los tres ascendían y ascendían y ascendían. Tanto, que llegó a ver el techo de la casa donde habían estado, rodeada por el agua, con una tenue luz de vela saliendo por una ventana. Hasta que una nube tapó la imagen y todo se disolvió en la oscuridad. Lo que había sido dejó de ser. Se transformó en nada.
LUIS FORMAIANO
DELTA DE TIGRE – FEBRERO DE 1961
José y Ana habían decidido llevar a su hijo, Luis, de tan solo seis años, a pasar un día en Tigre. Luis era un niño callado, introvertido, poco afecto al juego. Sin embargo, llevaba consigo todo el tiempo una escopetita de plástico que dos años atrás le habían traído los Reyes Magos.
Recordaban que en ese entonces, Luis había pasado toda la noche en vela, esperando escuchar el mínimo sonido que anunciase la llegada de los misteriosos personajes. En su carta a los Reyes no figuraba la escopetita, pero sus ojos se abrieron como enormes perlas cuando la vio, junto a otros regalos, la mañana de Reyes. Es que se había dormido sin darse cuenta, le ganó el cansancio y cuando despertó, se encontró con una escopetita plástica roja y amarilla que captó su atención de inmediato.
Desde ese momento, jamás se había separado de ese juguete. Y es así, como la llevaba consigo para el paseo en lancha.
Asomado con su escopetita por la ventanilla abierta de la lancha disparaba ilusiones al aire, tan lejos como éstas pudieran llegar. Y disparaba, y disparaba, hasta que la lancha viró en un codo del río y para lograr no caer de su asiento, se aferró con una mano a éste y con la otra, al borde de la ventanilla de la lancha. Ésta se balanceó de lado a lado y al aferrarse aún más para no caer al piso, aflojó la mano en la que llevaba la escopetita para tomarse ahora de la base de la ventanilla. Y en ese momento de descuido, la escopetita cayó hacia el río.
Le siguió un escándalo de llanto y gritos. Un niño tan compuesto, de tan solo seis años, se había descompuesto en un mar de lágrimas y un manojo de nervios. Gritaba –“Mi escopetita, mi escopetita.”
Tanto sus padres como el resto de los integrantes del paseo, miraban el agua marrón del río, hasta la lancha había disminuído su velocidad para colaborar con el avistaje del perdido juguete. Pero el agua se mueve rápido, como la vida, y la escopetita desapareció en un instante.
Luis calló de golpe, el viaje continuaba, nadie había podido hacer nada, pero él fijó la vista en el agua y aún siendo encandilado por los rayos de sol que se reflejaban en ésta, buscaba avistar su escopetita. Se incorporó en el asiento, a pesar de que sus padres lo sentaban como correspondía a cada rato, pendientes de lo que esta frustración, esta pérdida, significaría para él. Pero Luis volvía a incorporarse, hasta que en otro codo del río, la lancha efectuó una maniobra algo violenta y Luis cayó al agua como su escopetita lo había hecho minutos antes.
Los gritos provenían ahora de sus aterrados padres y de los pasajeros, nadie había podido reaccionar ante lo sorpresivo de la caída. Luis se debía haber inclinado hacia fuera más de lo debido para caer. Pero su cuerpo era pequeño, como el de la escopetita y sin una mano que lo sujetase, fue convertido en juguete por el destino.
La lancha se detuvo, se arrojaron salvavidas al agua, varios hombres también se arrojaron siguiendo al padre de Luis, pero la búsqueda fue infructuosa. Era una zona del Delta donde se arman remolinos y se pierde pie de golpe, sintiendo que el cuerpo es absorbido por un vortex de arena blanda. Cuando la lancha de prefectura se acercó, se intensificó la búsqueda del niño, que duró hasta bien avanzada la noche. Y hasta el día siguiente, y hasta el otro, rastrillando el lecho del río en una búsqueda que, con el correr de los días, comenzó a sospecharse como inútil. El cuerpo del niño nunca fue encontrado.
II
Luis abrió los ojos y todo a su alrededor era color marrón. De tanto en tanto, un rayo de luz cortaba la densidad del agua. Su cuerpo se mecía en el seno de una inmensa cuna acuática. Sentía frío y recordaba vagamente una sensación: la del mundo dándose vuelta. También sentía hambre pero aunque trataba de caminar, sus pies parecían estar enredados con algo. Se agachó y tocó viscosidades y arena y con su movimiento, el color marrón que lo rodeaba se hizo más espeso hasta sumirlo en una oscuridad total.
III
DELTA DEL TIGRE – FEBRERO DE 1962
A un año de la desaparición de su hijo, Ana y José volvieron al lugar donde su cuerpo había sido reclamado por el río y tiraron una ofrenda floral en su recuerdo. Ambos se abrazaron llorando desconsoladamente, aún no podían creer como habían podido vivir un año sin su hijo. Quien no lo había soportado era la abuela materna de Luis. Doña Clara había muerto cuatro meses después del accidente, el dolor había sido insoportable para ella. Su único y adorado nieto había encontrado el peor destino en las insondables aguas del Delta.
IV
Luis no sabe cuanto tiempo estuvo con los ojos cerrados. Cuando los abrió, todo frente a él seguía siendo un paisaje inespecífico. Ya no sentía frío ni hambre. Y se podía mover libremente, de pronto su cuerpo iba hacia un lado, de pronto hacia el otro, pero no tenía sentido de dirección, solo de un movimiento libre azaroso, no había en realidad puntos de referencia y lo que era arriba podía ser abajo y lo que era derecha podía ser izquierda. Era como flotar en una nada inespecífica, teñida de un marrón por momentos intenso, por momentos claro, casi luminoso. No era conciente de estar recorriendo distancias ni de las profundidades o la cercanía de la superficie. Y ahí recordó lo que estaba buscando. Frente a sí, vio una magnífica y colorida escopetita plástica, al estirar su mano para alcanzarla, esta se desvanecía y lo empujaba en alguna dirección, desde donde volvía a divisarla y al estirar nuevamente su brazo para alcanzarla, volvía a desvanecerse. Y así, se estableció una comunicación lúdica con el elemento en el que se encontraba, donde éste mostraba y ocultaba su juguete favorito.
Sin saber si era noche o era día, sin sentir si era invierno o verano, Luis jugó con el río a las escondidas en un sin tiempo.
Ahora veía la escopetita, ahora la escopetita desaparecía, para reaparecer en otro punto. Pero siempre más allá de su alcance, arrastrándolo sin rumbo, atrapado en ese vientre fluvial por toda la eternidad.
V
DELTA DEL TIGRE – FEBRERO DE 1972
Como cada año, Ana y José volvían al punto donde Luis había desaparecido once años atrás para entregarle una ofrenda floral, y cada año, se abrazaban llorando por su pérdida. Siempre solos, ya que Ana nunca había vuelto a quedar embarazada. Su cuerpo se resistía a borrar la memoria de su hijo, su vientre había sido el río primario de Luis y no podía ser ocupado por nadie más.
Ese año, para Reyes, José había encontrado en una juguetería de un barrio detenido en el tiempo, una escopetita igual a la que le habían comprado a su hijo. Casi llevado por una fuerza irrefrenable, la había comprado y a pesar de las quejas y recriminaciones de Ana, la había colocado sobre la mesa ovalada del cuarto de Doña Clara, como símbolo del amor que ella sentía por su único nieto. Y cada aniversario, encendían una vela para que su luz los guiase donde fuese que estuvieran. A veces José se preguntaba si se habrían encontrado allá arriba, en un posible paraíso. ¿Se mantienen los lazos más allá de la vida? ¿Se reconocerían? ¿Cómo sería Luis si estuviera con vida ahora? Probablemente un hermoso adolescente. Todos estos pensamientos ocupaban su mente cada vez que entregaban la ofrenda al río.
VI
Esa noche, una violenta tempestad revolvió el río como nunca. Las aguas subieron y desbordaron los pequeños muelles, llamaradas acuosas se desplegaban sobre el pasto hasta alcanzar las mismas casas. Aquellas que no estaban lo suficientemente altas, eran invadidas sin piedad por las aguas, que arrastraban con ellas todo lo que vivía en el lecho del río.
Y así, lo arrastraron a Luis.
No sabe como había salido del vientre que tantos años lo había cobijado, sintió la incomodidad del roce con la hierba, la dureza de los pilares de madera de los muelles, pero en un momento todo cesó. Una luz como no recordaba haber visto nunca iluminó un espacio desconocido para él. Frente a sí, una casa abandonada, casi imposible de ver desde el río. Una corriente de agua lo conducía hacia ella, el juego había terminado, se acercaba el momento de la verdad.
VII
Ahora había sonidos, el sonido del agua, de los grillos, de las ranas… sonidos que Luis recordaba no sabía si de algún sueño. Pero los identificaba. Se incorporó, asombrándose de la distancia que había entre su cabeza y el suelo, nunca había sido así, pero ahora, experimentaba una sensación de altura. Encontraba, no sabía desde cuando, un mínimo punto de referencia. Si bien se sentía liviano, apenas podía moverse. En la penumbra del interior de la casa, había una mesa oval, junto a ella, una mujer, una anciana. Miró ese rostro, iluminado por la luz de una vela y le pareció reconocer en ella a… no sabía, era alguien, sintió algo en algún lugar de su cuerpo, algo inespecífico, adormecido. Sobre la mesa y al lado de la vela vio su juguete favorito: la escopetita de plástico. La mujer dijo algo, Luis no entendía que, eran sonidos que se fundían con el ambiente. La mano de ella se movió lentamente hacia la mesa y tomó la escopetita. Estirando su brazo hacia Luis, se la ofreció. Ahora todo era silencio. Estaba a punto de recuperar su juguete perdido, amarilla y roja, impecable. Volvió a sentir eso inespecífico dentro de sí y estiró su brazo para tomarla. Por fin.
En el mismo instante en que sus dedos rozaron el material plástico, una luz incandescente lo encegueció y percibió que se fusionaba con el juguete y con la anciana y la liviandad se hizo más patente. Ya no se mecía como lo había hecho en el tiempo sin tiempo, ahora tenía la sensación de que los tres ascendían y ascendían y ascendían. Tanto, que llegó a ver el techo de la casa donde habían estado, rodeada por el agua, con una tenue luz de vela saliendo por una ventana. Hasta que una nube tapó la imagen y todo se disolvió en la oscuridad. Lo que había sido dejó de ser. Se transformó en nada.
LUIS FORMAIANO
domingo, 10 de octubre de 2010
HOMOFOBIA
Cuando la hipocresía y la doble moral se disfrazan de prejuicio
La Homofobia se define como la discriminación, rechazo o prejuicio contra personas homosexuales. La homofobia, aunque por ese entonces no nominada como tal, encuentra antecedentes históricos tempranos en el siglo VI, en las persecuciones por “actos contra natura” por parte del emperador bizantino Justiniano.
Amnistía Internacional informa que alrededor de 70 países en todo el mundo aún persiguen a los homosexuales y en ocho existe la condena a muerte: ellos son Afganistán, Arabia Saudí, Irán, Mauritania, Pakistán, Yemen y algunos estados al norte de Nigeria.
Si bien estos últimos representan la forma más cruel e inaceptable de homofobia, países del tan mentado Primer Mundo, como los Estados Unidos, también tienen su cuota de homofobia.
Precisamente cuando en el año 2008 el embajador de Francia ante las Naciones Unidas pidió la despenalización de la homosexualidad, 66 países, entre ellos el nuestro, votaron a favor, significativamente, entre los que no firmaron la resolución se encontraba los Estados Unidos.
Esta larga introducción viene a cuento de los avatares que está sufriendo la película “I love you Philip Morris”, protagonizada por Jim Carrey y Ewan McGregor. El primer problema que encontró la película fue que nadie aceptó hacerse cargo de su distribución.
Jim Carrey interpreta a Steven Russell, un policía cristiano de Texas, casado, que sale del closet y lleva a cabo algunas estafas para financiar su nueva vida gay. Ya en prisión conoce Philip Morris (Ewan McGregor), de quien se enamora perdidamente y cuando Morris sale en libertad, Russell escapa hasta cuatro veces para estar con él.
Aunque la película costó unos 13 millones de dólares, ciertas escenas de sexo “fuerte” (habría que considerar lo que los americanos definen con este término), hicieron desistir a todas las distribuidoras de hacerse cargo del film, especialmente si se considera que Carrey es una estrella muy popular en una categoría de cine que podría definirse como “para toda la familia.”
En un último esfuerzo por lograr ser distribuida se ha pensado en reeditar la película para suavizarla y de esa manera impedir que salga directamente en dvd.
En última instancia, el concepto ampliado de homofobia se refiere a toda la diversidad sexual y su aspecto más peligroso es que, siendo de orden psicosocial, una persona homofóbica utiliza estrategias veladas - y no tan veladas - para transmitirla a quienes lo rodean. Por eso, la reacción suele ser de violencia sin sentido, incomprensible, o mejor dicho, comprensible si lo pensamos desde la famosa sentencia Freudiana: “Lo más temido es lo más deseado.”
Para cerrar, recordemos que cada 17 de Mayo se celebra el Día Internacional de Lucha contra la Homofobia y la Transfobia, precisamente porque un 17 de Mayo de 1990, la Organización Mundial de la Salud dejó de considerar a la homosexualidad como una enfermedad.
Lic Luis Formaiano
martes, 5 de octubre de 2010
VERMEER TENÍA RAZÓN
La antigua ciudad de Delft – que pasó de ser un pueblo rural a cobrar el estatus de ciudad en el siglo XIII - representa un capítulo aparte en mi vida. A una hora en tren desde Amsterdam y a medio camino entre Rotterdam y La Haya, fue el lugar donde encontré un hogar lejos de mi hogar.
Diversas circunstancias del destino me llevaron a que mi segunda muestra en el exterior tuviese lugar ahí.
De regreso de mi primera muestra en Italia, y a través de un contacto, acudí a una entrevista con una artista holandesa que pertenecía a una cooperativa de artistas que poseía una galería, “De Sigarenfabriek”, ubicada a metros de la plaza central
Si bien mi material era interesante (mayormente lo exhibido en Italia), aún faltaba mucho para llegar a la futura serie del hombre y sus vicisitudes. Aquí había mucho onirismo, mucho inconciente, mucho juego de figura y fondo, mucho color jugado. Aún así, la obra la sedujo y arreglamos que participaría de una muestra con otros dos artistas holandeses cinco meses después de mi visita.
La galería, una vieja fábrica de cigarrillos reciclada y originaria de 1900, en sus 400 m2 poseía un gigantesco salón en L y un sólido y legendario piso de madera oscura, conservando así la magia del lugar que había sido. No podía imaginarme mi obra colgada allí.
Pleno de excitación regresé a Buenos Aires, con el recuerdo de haber estado en una ciudad mágica, o más bien, de haber soñado que había estado en un lugar mágico.
No se me escapaba que allí había nacido y vivido uno de los grandes maestros de la luz en la pintura: Vermeer.
Mi desembarco en Delft, en Enero de 1998, fue mas que placentero. El hotel elegido, “De Emauspoort”, era una antigua panadería familiar, con habitaciones nombradas tras los más famosos pintores del lugar. Hotel al que volvería una y otra vez, con cada nueva muestra, recuperando en cada visita algo que sentía se había constituído en un lugar de pertenencia.
El desayuno se servía en una sala de la planta baja con vista a la parte trasera de la Nueva Iglesia, - construída a fines del siglo XIV – y a cuyo pie pasaba un estrecho canal. A la derecha, un puentecito ondulante y diminuto llevaba a la plaza central, justo del otro lado de la iglesia.
Mientras el sol despuntaba perezosamente, la gente que desayunaba en el salón hablaba en voz baja, como adormilada y de tanto en tanto, alguien dejaba su bicicleta fuera para entrar a comprar pan recién horneado.
El idioma, absolutamente indescifrable, hablado en voz baja, la sonrisa permanente de la dueña del hotel, el anhelo que la muestra había despertado en mí, especialmente cuando la noche anterior había visto pequeños posters pegados en diversos puntos de la ciudad, donde se promocionaba la muestra y donde, entre tanto nombre extraño figuraba el mío, hicieron de ese primer desayuno el ingreso al mundo de un cuento de hadas.
Ya habían llegado los mismos bastidores que había utilizado para la muestra en Italia, solo restaba armar la obra. Gonnie, la artista que me había entrevistado, me prestó su estudio para que pudiese trabajar tranquilo y luego llevar la obra a la galería, que estaba a solo diez minutos a pie.
Fue un evento sincronístico el que me detuviese a sacarme una foto posando con un cuadro elegido al azar entre los que estaban en las cajas, cuadro que fue vendido en esa muestra….
La obra, llamada “Aurora Borealis”, muestra personajes extraños, como de piedra, algunos parecen estar flotando, otros, son parte del horizonte, pero lo que mas llama la atención es una pareja, a derecha del cuadro, en su esquina inferior, vestida de rojo, ella, sentada, encorvada, con una larga nariz y una mirada enigmática, él, de pie a su lado, mirando hacia fuera del cuadro, con gesto adusto, vistiendo una especie de abrigo. Ninguno de los dos fue dibujado concientemente, solo surgieron del interjuego del color con la forma y fueron quedando hasta constituirse en eso: una pareja misteriosa, como el resto de la obra.
La inauguración fue un domingo a la tarde, y durante la presentación que hizo otro artista de la cooperativa, me acerqué al pequeño podio que habían armado cuando una seña me indicó que me iban a presentar a mí. Si bien los holandeses hablan inglés, como en este caso la mayoría era holandesa, la presentación se hizo en ese idioma, lo que seguía aportando un aire de extrañeza, de ensueño, a todo lo que estaba sucediendo.
Y la magia siguió.
Por la noche, a pesar del frió de Enero, me arropé bien y decidí salir a caminar. Una calle hacia la izquierda del hotel desembocaba en la Oostport, la puerta este, la única puerta de entrada a la ciudad que queda en pie y que es originaria del 1400. Allí, el pequeño canal que serpentea la calle por el medio se abre a un canal más grande.
Pero entre el hotel y la Oosport los ojos se llenan de maravillas. Los Holandeses acostumbran a dejar las cortinas de sus casas abiertas. También poseen el hábito de encender pequeñas velas y colocarlas frente al vidrio de la ventana. Como indicando: aquí hay un hogar.
Con cautela, observaba desde afuera esos acogedores ambientes, delicadamente iluminados, rematados por el clima que crea la luz de vela y en los cuales podían verse mullidos sillones, antiguos muebles de madera, techos con ancestrales vigas, pequeñas casitas que semejaban una casa de muñecas. Dentro, silencio. No se veía a nadie. La casa, el hogar, estaba allí para ser admirado desde fuera, como en una exhibición de juguetes de otro siglo.
En sucesivas muestras – habiendo sido la última en Marzo del 2003, caminé esa misma calle interminables noches, tratando de recuperar el espíritu de esa primera visión.
Las dos torres de la Oosport, estaban iluminadas, un pequeño puente levadizo permite cruzar el gran canal. Esa noche, aunque aún faltaban horas para la medianoche, no había nadie en la calle. Solo yo, y Delft, y el espíritu de Vermeer.
Al día siguiente, volví a la Oostport, tomé un sendero que bordea el gran canal hacia la izquierda y justo antes de llegar a un puente, me arrodillé y enterré bien profundo en la tierra, uno de los pinceles que había usado para pintar las obras allí exhibidas. Fue un ritual que había comenzado en Italia y que se repetiría en cada ciudad extranjera donde se colgara una obra mía. Era mi manera de quedarme, de fundir restos de pintura seca con la tierra, de dejar energía y sueños en lugares lejanos, de copular con el lugar para gestar futuros proyectos, de acariciar la tierra como he acariciado a mi madre, de conectarme con su seno.
Esa imagen volvería a mi tantísimas noches en el futuro, cuando el sueño se escondía y veía desfilar frente a mí, recuerdos queridos como si fuesen parte de una película.
Por eso necesito recuperar esos recuerdos, reconectarlos con mi recorrido vital, porque no fueron ni soñados ni filmados, fueron mi realidad en ese momento, me construyeron, me fortalecieron, hicieron que hoy sea quien soy. Y que pueda seguir pintando.
miércoles, 22 de septiembre de 2010
viernes, 17 de septiembre de 2010
SIN FOTO NO CONTESTO
Sobre algunos de los peligros que plantea el anonimato virtual
Todos coincidimos en que, entre las nuevas formas de relacionarse, la virtualidad ocupa un lugar de privilegio. Privilegio fundamentalmente otorgado por la rapidez en la ejecución de un encuentro, si cierta noche se busca algo rápido, se lo encuentra en un par de clicks sobre perfiles acordes al gusto de cada uno.
Si bien a menudo se publican mensajes que dicen “sin foto no contesto”, la necesidad tiene cara de hereje y cuando el deseo apremia, tal condición puede ser obviada en pos de una rápida satisfacción.
Pero esta rapidez conlleva la posibilidad de caer en una trampa. Con frecuencia se escuchan historias de chicos que han concurrido a un encuentro o que han recibido a alguien en su casa y que, luego de un período en el que no recuerdan qué sucedió, despiertan en la cama de un hospital sufriendo los efectos de una poderosa droga.
Dicha droga se llama Escopolamina y es un alcaloide tropánico que se halla presente en una amplia variedad de plantas. Suministrada en altas dosis puede producir desde delirios hasta parálisis y, en casos extremos, la muerte. Pero el efecto más peligroso es el de la amnesia.
Los efectos de esta droga, en cantidades mínimas, producen dificultad para tragar y hablar, hipertensión, alta temperatura, episodios de ceguera y, como se mencionó anteriormente, falta de registro o amnesia temporal.
Se han reportado casos de sujetos que recuerdan haber estado hablando con la persona que acababan de conocer y de pronto, no saben cómo, despertaron tirados en el suelo de su departamento al día siguiente. También se conocieron casos en los que se hallaban en un café y también sin saber cómo, despertaron en su departamento; pero, en ambas situaciones, el departamento había sido vaciado…
Es que la Escopolamina puede ser fácilmente disuelta en bebidas, mezclada con alimentos o incluida en un cigarrillo de los que se enrollan. Debe descartarse el mito que ha circulado respecto a que papeles, volantes u objetos impregnados con la droga – como un pañuelo sacudido frente a la potencial víctima- producen el fatídico resultado que lleva a un robo. La droga tiene que ser ingerida o inhalada para ser efectiva.
Pero, una vez acontecido el hecho, ¿Cómo se localiza al delincuente? En realidad, es casi imposible. Un nick es simplemente eso, un nick, detrás del cual puede haber un nombre, que puede ocultar otro nombre y hasta las señas descriptas en el perfil pueden ser modificadas y las fotos cambiadas “disolviendo”, como por arte de magia, a aquel con el que se tuvo la fatídica cita.
Muchos seguramente conocemos a alguien a quien le ha ocurrido esto, solo se trata de estar atento y ser precavido ante un encuentro que pudo haberse concretado en minutos, pero que deja secuelas que duran varios días y una sensación de vulnerabilidad y exposición que, a menudo, solo se comparte con un reducido grupo de amigos. Porque, en realidad, ¿quién podría llegar a entender lo que somos capaces de hacer cuando el deseo apremia?
Lic Luis Formaiano
Todos coincidimos en que, entre las nuevas formas de relacionarse, la virtualidad ocupa un lugar de privilegio. Privilegio fundamentalmente otorgado por la rapidez en la ejecución de un encuentro, si cierta noche se busca algo rápido, se lo encuentra en un par de clicks sobre perfiles acordes al gusto de cada uno.
Si bien a menudo se publican mensajes que dicen “sin foto no contesto”, la necesidad tiene cara de hereje y cuando el deseo apremia, tal condición puede ser obviada en pos de una rápida satisfacción.
Pero esta rapidez conlleva la posibilidad de caer en una trampa. Con frecuencia se escuchan historias de chicos que han concurrido a un encuentro o que han recibido a alguien en su casa y que, luego de un período en el que no recuerdan qué sucedió, despiertan en la cama de un hospital sufriendo los efectos de una poderosa droga.
Dicha droga se llama Escopolamina y es un alcaloide tropánico que se halla presente en una amplia variedad de plantas. Suministrada en altas dosis puede producir desde delirios hasta parálisis y, en casos extremos, la muerte. Pero el efecto más peligroso es el de la amnesia.
Los efectos de esta droga, en cantidades mínimas, producen dificultad para tragar y hablar, hipertensión, alta temperatura, episodios de ceguera y, como se mencionó anteriormente, falta de registro o amnesia temporal.
Se han reportado casos de sujetos que recuerdan haber estado hablando con la persona que acababan de conocer y de pronto, no saben cómo, despertaron tirados en el suelo de su departamento al día siguiente. También se conocieron casos en los que se hallaban en un café y también sin saber cómo, despertaron en su departamento; pero, en ambas situaciones, el departamento había sido vaciado…
Es que la Escopolamina puede ser fácilmente disuelta en bebidas, mezclada con alimentos o incluida en un cigarrillo de los que se enrollan. Debe descartarse el mito que ha circulado respecto a que papeles, volantes u objetos impregnados con la droga – como un pañuelo sacudido frente a la potencial víctima- producen el fatídico resultado que lleva a un robo. La droga tiene que ser ingerida o inhalada para ser efectiva.
Pero, una vez acontecido el hecho, ¿Cómo se localiza al delincuente? En realidad, es casi imposible. Un nick es simplemente eso, un nick, detrás del cual puede haber un nombre, que puede ocultar otro nombre y hasta las señas descriptas en el perfil pueden ser modificadas y las fotos cambiadas “disolviendo”, como por arte de magia, a aquel con el que se tuvo la fatídica cita.
Muchos seguramente conocemos a alguien a quien le ha ocurrido esto, solo se trata de estar atento y ser precavido ante un encuentro que pudo haberse concretado en minutos, pero que deja secuelas que duran varios días y una sensación de vulnerabilidad y exposición que, a menudo, solo se comparte con un reducido grupo de amigos. Porque, en realidad, ¿quién podría llegar a entender lo que somos capaces de hacer cuando el deseo apremia?
Lic Luis Formaiano
miércoles, 1 de septiembre de 2010
PAREJA A ESTRENAR SE BUSCA
Mecanismos de inmadurez en la relación de pareja
Con frecuencia, en algunas personas, puede observarse una actitud bastante común: la de comportarse como si fueran los primeros en la vida de alguien, por ejemplo, de sus parejas. Pero salvo que una pareja se establezca en los años de adolescencia, ese lugar de ser “el primero” queda perdido para siempre. Sin embargo, muchos se lo reclaman a sus parejas adultas y actúan en consecuencia, aún a sabiendas de que es un imposible.
¿De donde proviene esta necesidad de ser exclusivo, único, primero? En principio tenemos que retrotraernos a la primera infancia, a los tiempos en los que como bebés o niños pequeños éramos todo para nuestra madre. Había un amor asegurado, deseos que se satisfacían, muy baja frustración, tiempos de espera cortos, en fin, un registro de la realidad de carácter totalmente irreal, pero coherente con el período evolutivo que se estaba atravesando.
Al ir creciendo, ese lugar de exclusividad debió ser resignado, ya por el nacimiento de un hermano, ya por la entrada al mundo de la socialización, especialmente durante los primeros años de la escuela primaria donde la maestra ocupaba ese lugar al que se le reclamaba exclusividad, “ser el mejor de la clase” o el de “la nota más alta” volvía a colocarnos en zona de privilegio.
Pero cada vez se iba produciendo una distancia mayor con esa situación primaria, ideal, de los primeros años de vida.
Finalmente, llegamos a la adolescencia, el primer amor, la primera relación sexual, la primera vez para muchas cosas – ya no como niños sino como adultos. Y allí puede que se recuperase algo de esa exclusividad, simbolizada en tantos pactos de amor entre adolescentes. No por nada, siempre queda un registro de la primera persona con la que hicimos el amor en nuestra vida, un recuerdo especial de quien nos inició, de quien gozó de nuestro cuerpo por primera vez.
Entonces, ¿Qué se le demanda a la pareja adulta? Que se ubique en ese esquema de satisfacción, que no nos frustre, que nos de exclusiva atención, que nos entrone en un lugar donde no haya cabida para otro, que su pensamiento sea solo para nosotros... Y allí aparecen los celos, los reproches, las demandas, la sensación de desplazamiento, aún cuando ese otro – vivido como invasor - no sea más que un compañero de trabajo o de estudio de nuestra pareja.
Por supuesto que este mecanismo es inconciente, y el demandante no se da cuenta de que está actuando de manera infantil, buscando revivir un lazo primitivo, no actual.
Por eso la comunicación en una pareja es fundamental, para que cuando aparezcan signos de esta índole, en vez de esperar que se plantee una crisis y tal vez sea demasiado tarde para modificar actitudes, se pueda razonar como dos adultos sobre qué es lo que cada uno ve en el otro (o proyecta en el otro) y la pertinencia o no de sus demandas. Poder separar situaciones concretas del presente de situaciones ilusorias del pasado, ver a esa pareja como quien es, alguien con individualidad propia, con una historia, con huellas de otros vínculos, de otros cuerpos. Solo así podremos encarar una relación de manera adulta y perdurable.
Lic Luis Formaiano
Con frecuencia, en algunas personas, puede observarse una actitud bastante común: la de comportarse como si fueran los primeros en la vida de alguien, por ejemplo, de sus parejas. Pero salvo que una pareja se establezca en los años de adolescencia, ese lugar de ser “el primero” queda perdido para siempre. Sin embargo, muchos se lo reclaman a sus parejas adultas y actúan en consecuencia, aún a sabiendas de que es un imposible.
¿De donde proviene esta necesidad de ser exclusivo, único, primero? En principio tenemos que retrotraernos a la primera infancia, a los tiempos en los que como bebés o niños pequeños éramos todo para nuestra madre. Había un amor asegurado, deseos que se satisfacían, muy baja frustración, tiempos de espera cortos, en fin, un registro de la realidad de carácter totalmente irreal, pero coherente con el período evolutivo que se estaba atravesando.
Al ir creciendo, ese lugar de exclusividad debió ser resignado, ya por el nacimiento de un hermano, ya por la entrada al mundo de la socialización, especialmente durante los primeros años de la escuela primaria donde la maestra ocupaba ese lugar al que se le reclamaba exclusividad, “ser el mejor de la clase” o el de “la nota más alta” volvía a colocarnos en zona de privilegio.
Pero cada vez se iba produciendo una distancia mayor con esa situación primaria, ideal, de los primeros años de vida.
Finalmente, llegamos a la adolescencia, el primer amor, la primera relación sexual, la primera vez para muchas cosas – ya no como niños sino como adultos. Y allí puede que se recuperase algo de esa exclusividad, simbolizada en tantos pactos de amor entre adolescentes. No por nada, siempre queda un registro de la primera persona con la que hicimos el amor en nuestra vida, un recuerdo especial de quien nos inició, de quien gozó de nuestro cuerpo por primera vez.
Entonces, ¿Qué se le demanda a la pareja adulta? Que se ubique en ese esquema de satisfacción, que no nos frustre, que nos de exclusiva atención, que nos entrone en un lugar donde no haya cabida para otro, que su pensamiento sea solo para nosotros... Y allí aparecen los celos, los reproches, las demandas, la sensación de desplazamiento, aún cuando ese otro – vivido como invasor - no sea más que un compañero de trabajo o de estudio de nuestra pareja.
Por supuesto que este mecanismo es inconciente, y el demandante no se da cuenta de que está actuando de manera infantil, buscando revivir un lazo primitivo, no actual.
Por eso la comunicación en una pareja es fundamental, para que cuando aparezcan signos de esta índole, en vez de esperar que se plantee una crisis y tal vez sea demasiado tarde para modificar actitudes, se pueda razonar como dos adultos sobre qué es lo que cada uno ve en el otro (o proyecta en el otro) y la pertinencia o no de sus demandas. Poder separar situaciones concretas del presente de situaciones ilusorias del pasado, ver a esa pareja como quien es, alguien con individualidad propia, con una historia, con huellas de otros vínculos, de otros cuerpos. Solo así podremos encarar una relación de manera adulta y perdurable.
Lic Luis Formaiano
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